jul 112015
 
Ángel Oliva

Ángel Oliva

Quisiera que me permitan, quizá, para comenzar reconociendo que la tarea de esta tarde, lejos está, por su envergadura, de poder ser cifrada por el balbuceo de un solo pensamiento, comenzar con una cita:

“Por lo tanto, llamamos ilusión a una creencia cuando en su motivación esfuerza sobre todo el cumplimiento de deseo; y en esto prescindimos de su nexo con la realidad efectiva, tal como la ilusión misma renuncia a sus testimonios.”

La frase freudiana, que en apariencia parece deslizarse hacia la sencillez semántica de la definición, sin embargo, reviste una interioridad compleja que a la vez que nos impele a su desmontaje, abre, una temática que quizá como ninguna otra, puede permitirnos, una vez más acercar a Freud y Marx.

Lo primero a plantear es que, si acompañamos la intimidad del razonamiento freudiano, una ilusión, no es un error, tal como Freud lo dice, y agregamos, no es una turbación de los sentidos, ni del juicio. No es un error, por lo menos por tres razones, la primera Freud la esgrime en la frase misma, la vincula a una creencia cuya motivación es un cumplimiento de deseo, tenemos entonces que la creencia se haya motivada por un tipo de móvil cuyo cumplimiento, no precisa de, no resulta de, ni tiene un fundamento. Las tres nociones constitutivas de la cosa, esencia, sustancia y atributos, apuntan aquí a la ausencia. Y Freud agrega una segunda razón complementaria, dice: en esto prescindimos de su nexo con la realidad efectiva, es decir, con la más efectiva de las fundamentaciones a las que solemos recurrir, las ilusiones no precisan, no alcanzan , no tienen conexión. ¿Por qué? Porque la ilusión misma renuncia a sus testimonios, responde Freud; en última instancia es así, agregamos nosotros.

Las ilusiones no precisan testimonios, no requieren de la prueba, de la verificación para ejercerse, precisan solo que las motive un deseo.

Pero si las ilusiones no son un error, suponen en tanto todo deseo puja por consumarse, como contracara, el límite de un sentido. La insistencia de este límite, al que solemos llamar sufrimiento, llevó a personas como Marx y Freud a ejercer la sospecha. Efectivamente, intentando despojar la palabra sufrimiento de la mayor cantidad de ropaje moral posible, la constancia del mismo es la presencia de un sentido (o mejor justamente de un sinsentido) inabarcado por las promesas ilusorias de una sociedad, aquello que insiste en presentarse en el mismísimo escenario de la promesa de felicidad. Sospechamos de nuestras ilusiones, insistimos, no porque esté en juego un espacio, finalmente él mismo ilusorio de la verdad, sino porque hay algo, que no alcanza a ser tomado por el sentido de la ilusión y sus promesas, e insiste en presentarse a la manera de un sinsentido es decir, en sentido ricoeuriano, se presenta a la manera del llamado a un encuentro.

La etiología de los síntomas histéricos y los sueños para Freud, y la presencia masiva y cada vez más masiva del proletariado, es decir de despojados de toda propiedad, en los márgenes de la ciudad industrial para Marx, se constituyen en el móvil del movimiento de sospecha.

Sin embargo, ¿Por qué dirigir una sospecha contra las ilusiones, si finalmente, aquello que se presenta como anómalo, como indescifrable invita, precisamente a interpretarlo, cuando no a corregirlo?

Efectivamente, en el principio no fue la sospecha, o mejor dicho, el movimiento de sospecha es también, en la medida en que resulta una ampliación del sentido, la administración de una herencia. No hay solo un arte de la sospecha hay también una génesis de la sospecha.

El fenómeno indescifrable, el índice del sinsentido, la lugartenencia del sufrimiento, no pudo suscitar un arte de la sospecha sino no se hubieran interpuesto, previamente, intentos interpretativos que se dirigieron sólo hacia el correctivo inmediato del síntoma. La economía política interpone entre el fenómeno y su crítica una interpretación de la riqueza social que acorralando a sus elementos residuales contra el rincón de la contingencia, repite, en el acto interpretativo, sus aspectos incausados. La psiquiatría y su modelo fisiologisista encasilla el síntoma neurótico contra el rincón de las anomalías orgánicas y en el mismo movimiento correctivo las repite.

La filosofía clásica alemana, al proyectar los elementos empíricos del fenómeno al estatuto de elementos eidéticos animados y lógicos, vuelve a repetir.

Y la hermenéutica de la religión, al pugnar por una identidad homogénea de los contenidos universales de los sueños con una especie de lenguaje puro de lo sagrado, también El ejercicio de la sospecha se sumerge en una metáfora de la profundidad que tiene por estratos a los fenómenos, sus interpretaciones y la crítica, movimiento de profundidad que, y esto es fundamental, aún cuando trabaje diferenciando el estrato del fenómeno del de sus interpretaciones, tendrá como condición de su herramental crítico la interpenetración de ambas y un tipo específico de causación para ponerlas en conexión.

Dicho esto, tenemos que todos los intentos interpretativos antecedentes de Marx y Freud repiten dos condiciones representacionales, tratan de la inmediatez del fenómeno, y marchan hacia el correctivo estructural.

Ahora bien, ¿es solo el aspecto formal de este arte, un proceder por la sospecha estimulado por la insistencia de los síntomas y que no ceja ante a la representación heredada, lo único que puede acercar pensamientos tan diversos como los de Freud y Marx? ¿No puede colegirse de la interioridad de esta dialéctica que puja hacia la ampliación del sentido una cierta convergencia metodológica teniendo justamente en cuenta la similitud pragmática de ambas intensiones teóricas?

Marx mostró que las relaciones de trabajo entre los sujetos y el trabajo social adoptan necesariamente la forma material del valor de los productos del trabajo en la economía mercantil. Dicha proposición tiene diversas consecuencias.

En primer lugar Marx a las nociones que habían prestado atención los economistas clásicos para pensar el valor, esto es sustancia y magnitud, le suma una determinación: la forma. Cuando Smith debía responder de donde se extrae el valor de una mercancía, el economista inglés respondía del trabajo, podía bajo el signo de esa abstracción cotejar magnitudes. De este modo el contenido del valor es el trabajo. Ahora bien, el valor solo puede expresarse bajo una forma; y ya que las mercancías no se igualan como simples cosas, o por sus cualidades, tiene que haber, y hasta aquí llega el razonamiento de Smith y de Ricardo, en el trabajo, que es la sustancia del valor, un elemento del que resulte la igualación. Marx utiliza el término Darstellung para graficar una forma de presentación, no una representación que designaría algo que estaría en lugar de otro, sino una presentación que resalta la forma, o sea una expresión necesaria de algo, la figurabilidad de algo.

 Entonces, hay que descomponer la categoría de trabajo para encontrar el principio igualador. Por tanto hay que remitirse al ámbito de la producción, es decir el ámbito donde aún no se ha objetivado el valor.

Bien, Marx lo encuentra en un proceso de abstracción que se produce en la producción mercantil. Llama trabajo abstracto al hecho de que la totalidad de los trabajos cuyo aspecto vivo producen valores de uso se unifican bajo el principio abstractizante del cambio. Es decir, obsérvese la igualación formal que se interioriza en la sustancia de la mercancía: el de ser producida para ser vendida. Pero aquí lo principal es que la descomposición de la noción smithiana de trabajo incluye centralmente el acontecimiento formal de la totalidad de los trabajos, que no es exactamente la suma de los trabajos separados, sino su efecto de estructura: esto es el trabajo abstracto. Marx considera además el trabajo social no solamente desde su dimensión cualitativa, es decir como sustancia del valor (Ricardo), sino también en su aspecto cuantitativo, como cantidad de trabajo. Del mismo modo examina el valor en su aspecto cualitativo, como forma valor y en su aspecto cuantitativo como magnitud del valor, es decir tiempo de trabajo. Bien, pero para que este aspecto del efecto de estructura se consuma debe la mercancía pasar a la esfera para la que está destinada, el cambio, solo ahí la forma valor, sustancia del carácter abstracto del trabajo se hace objeto. De allí que así expresados los vínculos entre sustancia y forma valor, evidencien la interrelación entre trabajo socialmente abstracto y forma cosificada, es decir el valor.

De forma retroactiva la fuerza de trabajo, que permanece oculta detrás del ejercicio práctico abstractizante de la mercancía, es también ella una mercancía, la mercancía que precisamente queda abstractizada en la medida en que se abstractiza su elemento vivo. El aporte de Marx reside justamente en reconocer a partir de esto, el valor como expresión material de las relaciones de producción entre los hombres y no como una mera propiedad de las cosas. Por tanto la objetividad en cuanto valores nada tiene que ver con la coseidad, con las propiedades de las cosas, y sin embargo, aun abstractizadas sus propiedades de uso, las mercancías se presentan en el intercambio como cotejadas desde y por sus propiedades intrínsecas naturales. La mercancía es el objeto distorsionado de un conflicto intrínseco al ámbito de la producción – esto es el carácter social y abstracto del trabajo productor, y el carácter de uso de los trabajos aislados, propio del carácter vivo del mismo – que además solo puede expresarse en un ámbito donde ese conflicto distorsionador ya está ausente. Y avanzamos aquí al aspecto más innovador de la apreciación que Marx hace de la forma valor: como bien ha señalado Rancière la posibilidad de igualación de mercancías cualitativamente distintas nos remite a una causa ausente: las relaciones sociales de producción. Lo que determina la conexión de los efectos es la causa (o sea las relaciones sociales de producción) en la medida en que ella está ausente y lo que adopta la forma de una cosa, en tanto efecto de estructura conflictiva no es el trabajo como la actividad de un sujeto sino el carácter social del trabajo.

Veamos cómo lo dice el autor:

Por ende, constituye un modo de producción determinado el que efectúa la expresión (Darstellung[1]) del trabajo en la objetividad espectral de la mercancía. El carácter particular que asume este tipo de objetividad, hace que no sea conocida por lo que realmente es. En la percepción común es tomada como una propiedad de las cosas en cuanto tal. El carácter social que revisten los productos del trabajo aparece como propiedad natural de dichos productos como simples cosas.

Ahora bien, Marx demuestra además que existe una equivalencia formal entre esta abstracción intrínseca a la mercancía que recae sobre los productores reales y la formalización de una actividad que pareciera no estar sometida a dicha causación: me refiero a las interpretaciones de la economía política. Las interpretaciones se incorporan a la actividad de desciframiento, crítica y conectividad formal porque ellas mismas repiten categorialmente y en su sustrato representacional, la abstracción practica devenida de la forma valor. Cobran entonces fundamental importancia las palabras de un no suficientemente recordado compañero de ruta de la Escuela de Frankfurt, Alfred Shon Rethel, cuando afirmaba, estudiando el fenómeno de la mercancía que: la abstracción del intercambio no es pensamiento, pero guarda la forma del pensamiento

La abstracción del proceso expresivo del valor es una abstracción real que tiene la forma del pensamiento inmanente a su estructura como fenómeno; ofrece un modelo de pensamiento praxístico. Es el propio fenómeno real el que se muestra diferente de lo realmente es, incluida allí su práctica interpretativa.

Marx pensó el nexo formal entre la actividad abstractizante de la formación del valor y la representación formal especulativa poniéndolos ambos en una mismo correlato praxístico; por eso para él cuando Smith asegura que la causa del valor es el trabajo humano, repite el fenómeno abstractivo mucho después de que este se haya producido en la esfera del fenómeno mismo; y por eso las categorías simples de la economía política son la puerta de entrada al fenómeno sistémico del capital.

En cierto modo, para Freud, el sueño es un síntoma, ¿en qué sentido lo es? Por lo menos en dos: por un lado es un efecto–signo de una trama conflictual que resultando determinante para la conformación del contenido onírico resulta ausente en su expresión manifiesta. Por otro lado, es aún más que el síntoma, una estructura mixta entre una indicación de sentido y una dinámica y económica energética, cuya representación y categorización no puede eludir la imagen del juego de fuerzas.

Pero hay además una coalescencia formal en el tratamiento de uno y otro que los equipara si tomamos en cuenta, y aún sin poder entrar aquí en detalles, la importancia que Freud le otorga al concepto de pulsión y sus derivas, es decir al estrato dinámico del aparato psíquico. Y aún mas, detrás de este pasaje del síntoma neurótico al abordaje de los sueños, se encuentra un cambio de prioridad metodológico en la obra de Freud: se trata del abandono definitivo de las representaciones provenientes de la fisiología orgánica para caracterizar los procesos anímicos y cuyas consecuencias heurísticas, entre otras, resultan de la construcción de una estructura de investimento energético que ya no está asegurado sobre la localización neuronal sino sobre la figuración de lo que Freud llama “pensamientos”. Este cambio de modelo psíquico pone a Freud como hacedor de una psicología mas allá de los confines de la representación médica de lo normal y lo patológico, a la vez que, lo sitúa ya bordeando un principio causal que desborda las dos representaciones posibles derivadas del individuo intencionado: la causa intencional derivada de la soberanía de la conciencia individual y la causa orgánica derivada de la racionalidad de la naturaleza.

Junto con el hecho de llamar pensamientos a la contracara semántica de una energía pulsional; Freud suma a la modélica figurativa de sus sistemas, un modelo motivacional del psiquismo que contiene tiempos estratificados. Los pensamientos son pensamientos arcaicos en los que la conducción del deseo repara, y recoge por así decirlo de modo que el sueño es, a la vez expresión de deseo en el cruce entre el sentido y la fuerza.

Pero ahora bien, en otro sentido, más interior, para no abusar de la palabra profundo, el sueño es una realización de un deseo, solo que ha sido distorsionado y transpuesto por mecanismo de censura. Y desde este punto de vista, el sueño es un trabajo, que se ejerce entre la producción de los pensamientos del sueño y el contenido del sueño. Alejado de los mecanismos psíquicos de vigilia, el trabajo del sueño se limita a transformar los pensamientos del sueño en su contenido manifiesto. El termino alemán verstellung cuya traducción más cercana podría ser distorsión, o trasposición designa a la vez un pasaje de un contenido a otro a través de un disfrazamiento de los valores contenidos en los pensamientos. Entonces, por un lado mientras desde el punto de vista semántico, el trabajo sobre el contenido es una distorsión, desde el punto de vista energético el trabajo es un conflicto de fuerzas entre las mociones regresivas y el aparato de censura. Testimonia un conflicto intrapsíquico abrazado por su doble expresión de sentido y de fuerza

Lo mismo vale para esos dos ya clásicos procedimientos que se combinan en ese trabajo del sueño para la realización de la trasposición distorsionante, nos referimos a la condensación y el desplazamiento. Una condensación es a la vez, siguiendo la semántica del término, una abreviatura en el sentido, expresión compuesta de diversas cadenas de pensamientos y una compresión energética.

Del mismo modo, el desplazamiento refiere a la vez de un descentramiento del polo organizador y una inversión de acento y de valor en las intensidades psíquicas del que resulta una transferencia de fuerzas.

Entonces en cada elemento del contenido del sueño actúa una sobredeterminación clave para su interpretación, aquello que está representado varias veces en los pensamientos del sueño para usar palabras de Freud

Y la sobredeterminación de los elementos se grafica como fuerza:

Somos llevados a suponer que en el trabajo del sueño se manifiesta una fuerza psíquica que, por una parte, despoja de su intensidad a elementos de alto valor desde el punto de vista psíquico, y por otra parte, crea, gracias a la sobredeterminación y con elementos de menos valor, “valores” nuevos que penetran así en el contenido del sueño. En tal caso ha habido en la formación del sueño transferencia y desplazamiento de las intensidades psíquicas de los diversos elementos, de donde resulta la diferencia de texto entre el contenido del sueño y los pensamientos del sueño. El proceso indicado constituye así la parte verdaderamente esencial del trabajo del sueño: merece ser llamado desplazamiento del sueño, desplazamiento y condensación son los dos maestros de obra a cuya actividad hemos de atribuir principalmente la configuración del sueño.

Por último esta estructura mixta se presenta en la tercera cualidad del sueño que Freud aborda: el carácter de escena o espectáculo que distingue a los sueños y que nos remite a su figuración (volvemos a encontrar aquí el término Darstellung en un contexto levemente distinto, donde se resalta cierta actitud energética de componer figuras por sobre el aspecto marcadamente expresivo en que se encontraba en Marx.)

Correlato procedimental de lo que Freud denomina regresión formal, la figuración del sueño involucra por un lado procedimientos lógicos de composición de la imagen como la unidad de los contrarios, y el carácter mimético de algunos signos encontrables en el contenido manifiesto. Pero lo más importante de la figuración radica en que el resultado de lo que Freud denomina “examen para la actitud de la figuración” ubica al sueño del lado de la restauración alucinatoria de la percepción allende (para usar una imagen que Freud no suscribiría) el conjunto de las imágenes – recuerdo.

Al margen de la cuestión no menor que significa que Freud sigue aquí ciertamente fijado en la idea de que el mecanismo energético de la figuración regresa a la transparencia de una huella mnémica realista sin considerar la fantasía, y que, nobleza obliga, se trata de una hipótesis que está abandonando, dicha regresión significa en términos energéticos “cambios de investiciones energéticas en los diversos sistemas”, lo cual significa principalmente que esta figuración es también una trasposición, por lo tanto un impedimento para la expresión directa, la forzada sustitución de una expresión por otra y entra dentro de las coordenadas del concepto de trabajo que mencionábamos más arriba.

Pero el aspecto manifiesto del sueño resulta así, dejando de lado aquí su complejidad tópica, además porque si bien “tal actividad psíquica primera tiende, pues, a la identidad de percepción” (es decir la figuración alucinatoria de la escena de satisfacción) la contrapartida insatisfactoria ha educado a la psiquis en el rodeo del pensamiento, con lo que el sistema secundario sustituye al deseo alucinatorio con lo cual aquello que llamamos represión, y el trabajo del sueño y su figurabilidad funciona como muestra y modelo, configura un aparato centrado en el juego de fuerzas y el conflicto productor, entre otras cosas de lo que Freud llamará, más adelante, formaciones transaccionales.

Quiero hacer notar, entonces, la comunidad de un modelo heurístico que resulta de la abstracción producida por una mediación conflictual que además tiene en la medida en que el conflicto puja hacia una trasposición de valores y sentidos y temporalidades, la condición de desasirse, en su manifestación, de su causa, relegándola a la ausencia. Pero ausencia no quiere decir desimplicación ni especulación añadida y he aquí la centralidad del modelo.

Aquella solidaridad explicativa que Freud encontró tempranamente entre sueño y síntoma, lo previno de repetir las tesis que consideraban los fenómenos oníricos como un efecto residual y sinsentido de la vida mental de vigilia o de aquellos que amparados en una explicación prematuramente orgánica del sueño tendían sustituir globalmente el texto onírico por un relato químico y anatómico.

Freud observa que ambas hipótesis representacionales se repetirán en las hermenéuticas simbólicas del sueño y lejos de concebir dichas lecturas como meras añadiduras al fenómeno de conjunto, Freud, aquí, como en muchos de sus escritos polemizantes dará una explicación conectiva bajo el amparo de la noción de resistencia.

En fin, somos herederos de una tradición que ha abusado en el ejercicio de la superposición de ambos pensamientos. Cuyo forzamiento se ha visto repelido por los hechos, cierto sesgo omnipotente se halló siempre en la búsqueda de un compuesto eficaz entre las dos teorías negativas más profundas que erigió la modernidad. Cuando el capital volvió a marcar el pulso de las ilusiones, como contrapartida renegatoria, nos hemos, durante mucho tiempo, puesto al resguardo, de las consecuencias prácticas de dicho abuso, acosados por la violencia de una época que ha repuesto, bajo el ropaje de las “novedades” formulas bastardas y enanas del empirismo filosófico y del liberalismo político. Dirigirnos con precaución hacia una zona de encuentro del psicoanálisis con el marxismo significa hoy no cejar en la sospecha de las ilusiones frente a la multiplicación del sufrimiento. Volver, en cierto modo, a producir las condiciones formales que permitan en el mismo ejercicio de la transformación, también interpretar este, nuestro mundo.

Muchas gracias.

[1] En alemán, representación. También usada en términos teatrales como performance, actuación.

Una Respuesta a “Marx y Freud: Ponencia de Ángel Oliva”

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