nov 092014
 
El General Bonaparte y el Consejo de los Quinientos, en Saint-Cloud; de François Bouchot

El General Bonaparte y el Consejo de los Quinientos, en Saint-Cloud; de François Bouchot

El nuevo orden social capitalista que comenzaba a estructurarse tras las circunstancias históricas de la Doble Revolución desde finales del S XVIII, proporciona el terreno para los álgidos movimientos sociales y políticos que desembocarán, entre otras cosas, en la conformación de los Estados Nación.

Los reclamos sociales de emancipación que motivaron las primeras revueltas de masas europeas, paulatinamente irán cediendo terreno a otro interés más general. Posterior a la caída de las monarquías absolutistas conocidas como “Antiguo Régimen”, los movimientos en la sociedad bregarán por una referencia idearia, de identidad colectiva que les garantice la supervivencia en el acceso a los bienes culturales frente a los nuevos valores planteados por el industrialismo. La figura legal de “propiedad privada” y “libre comercio”, elementos esenciales del capitalismo, devoraba los terrenos de uso comunal y fiscal y amenazaba con dejar fuera a quien no quiera vender rápidamente su fuerza de trabajo a esta nueva visión del mundo.

Producido el punto de inflexión que significó la Revolución Industrial como punto de referencia de la era moderna, desde finales del S XVIII el que ganaba terreno –intelectual- era el liberalismo, que, propulsado en la sociedad por el ascenso de la burguesía y de la mano del avance de las ciencias, brinda, junto al positivismo, el cuerpo de las herramientas teóricas y el modelo de método a seguir en las prácticas sociales para la realización de los dos valores fundamentales de la nueva propuesta de reproducción social de la época: individualismo y libertad -de comercio-.

Esta fórmula, que ubica al individuo como centro de referencia de todo análisis mezclando los enunciados de la proclama de los Derechos del Hombre y la necesidad de un salario para la reproducción de sus condiciones de existencia (subsistencia), inauguraba un capítulo histórico para las sociedades modernas de sumo valor revolucionario con consecuencias globales; se iniciaba en la historia de la humanidad la guerra por la lucha de la identidad nacional y lo hacía con la inercia del nacionalismo.

Después de la Revolución: Estado con Educación

El nacionalismo nace así de las masas como movimiento social producto de necesidades distintas a las antiguas luchas de clases. Estas revueltas de los grupos en el seno de las sociedades industrializadas ya habían dejado los reclamos de una lucha entre clases para redefinir la organización social, el nuevo orden burgués dejaba bien en claro cuáles serían las nuevas reglas del juego mercantil y burocrático; el Estado ya se dejaba percibir bajo formas sistemáticamente organizadas y las primeras demandas obreras estaban parcialmente satisfechas. Ahora bien, ese rasgo “organizado”, que coagula los movimientos sociales en demanda de identidad nacional, es la característica fundamental, inédita e históricamente irrepetible de la creación de los Estados Nación en el continente europeo. ¿Por qué es relevante este dato? Es preciso señalar esto porque como veremos al analizar los modelos de estados que se implantaron en América Latina, los procesos de estatización y nacionalización que se practicaron en el período colonial, se verían obstaculizados por la falta de recorrido por los caminos de la democracia participativa de las masas.

Si en Europa, los Estados Nacionales surgen sobre los cimientos de los Estados Modernos, en Latinoamérica las corrientes nacionalistas tendrían que esperar que los grupos de capitales se consoliden lo suficiente como para garantizar una forma de organización del trabajo que genere el nuevo orden social que requiere el capitalismo para la reproducción de las sociedades modernas. Así, uno de los mayores problemas de América Latina, posterior a su período independentista, será la monopolización de la violencia legítima, forma que adquiere el Estado en la definición de Max Weber. Prueba de ello es la serie de batallas por conflictos limítrofes. La pluralidad de sociedades que habitaban el continente Americano, la conducta burocrática racionalista de la administración de las colonias incapaces de consensuar y nuclear a los grupos originarios y el “capitalismo tardío” (Ossenbach) constituyen el trípode característico fundamental, inédito e históricamente irrepetible que justifican al “transplante” del modelo estatal europeo a Latinoamérica. “Los nuevos Estados americanos iniciaban procesos muy acelerados de modernización, en los que el Estado adquirió un protagonismo muy destacado que parecía ser la única posibilidad de crear un orden nuevo. Si en Europa el liberalismo proclamó en muchos sectores la necesidad de que el Estado se abstuviera de intervenir en la sociedad, en Iberoamérica el factor político tuvo un peso más significativo que en otras regiones, porque aquí la consolidación del Estado constituía un prerrequisito esencial.” (Ossenbach)

Fuentes

Gellner, E. (2001) Naciones y nacionalismos. Cap 1. Madrid: Alianza, 4ª ed.

Hobsbawm, E. (2007) La Era de la Revolución 1789-1848. Caps.: 3, 10, 13. Bs. As.: Crítica, 6ª ed.

Lettieri, A. (2008) La civilización en debate. La historia contemporánea desde una mirada latinoamericana. Caps.: 9, 18, 19, 21, 22. Bs. As.: Prometeo, 4ª ed.

Ossenbach Sauter, G. (1993) Estado y Educación en América Latina a partir de su independencia (siglos XIX y XX). En: Revista Iberoamericana de Educación Nº 1. Madrid: OEI, enero-abril de 1993.

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